La casa de vapor

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Al este de Gondwana está el Khondistán o país de los khunds, como se llaman los feroces sectarios de Tado Pennor, el dios de la tierra, y de Maunck-Soro, el dios rojo de los combates, sangrientos adeptos de los meriahs o sacrificios humanos que tanto trabajo cuesta a los ingleses destruir, salvajes dignos de ser comparados con los naturales de las islas más bárbaras de la Polinesia, asesinos contra los cuales, de 1840 a 1854, el mayor general John Campbell, los capitanes Macpherson, Macviccar y Frye, emprendieron largas y penosas expediciones; fanáticos, en fin, dispuestos a todo cuando una mano los guía bajo cualquier pretexto religioso.

Al occidente del Gondwana hay otro país, de un millón y medio a dos millones de almas, ocupado por los bhils, poderosos antiguamente en el país de Malwa y de Rajputana, hoy divididos en clases esparcidas por toda la región de los Vindya, casi siempre embriagados por el aguardiente que sacan del árbol llamado mhowah, pero valientes, robustos, ágiles y con el oído siempre atento al kisri, que es su grito de guerra y saqueo.

Como se ve, Nana Sahib había escogido bien su refugio. En aquella región central de la península, en vez de una simple rebelión militar, esperaba suscitar un movimiento nacional en que tomaran parte los indios de todas las castas.


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