La casa de vapor
La casa de vapor Sin embargo, por aislados que estén los gunds en sus moradas inaccesibles, pueden comunicarse de pal a pal. Desde lo alto de los cerros desiguales de los montes de Satpura se propagan las señales en pocos minutos hasta veinte leguas de distancia. Estas señales pueden ser unas hogueras encendidas en la cima de una roca aguda o un árbol convertido en antorcha gigantesca, o una simple humareda que corone la cima de algún contrafuerte. Sabido es lo que esto significa: el enemigo, es decir, un destacamento de soldados del ejército real o de agentes de la policía inglesa ha penetrado en el valle, sube por la orilla del Nerbudda y registra los desfiladeros en busca de algún malhechor refugiado en el país. El grito de guerra, tan familiar al oído de los montañeses, se convierte en grito de alarma. Un extranjero lo confundiría con el chillido de las aves nocturnas o el silbido de los reptiles; pero el gund no se equivoca. Sabe que debe vigilar, y vigila; que debe huir, y huye. Los pals sospechosos son abandonados y aun quemados; los nómadas se refugian en otros retiros y, a su vez, los dejan cuando son perseguidos de cerca, y en aquellos territorios cubiertos de cenizas los agentes de la autoridad solo encuentran ruinas. En uno de esos pals, en el pal de Tandit, fue donde Nana Sahib y los suyos se refugiaron conducidos por el fiel gund, adicto a la caravana del nabab. En él se instalaron el 12 de marzo.