La casa de vapor

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El primer cuidado de los dos hermanos, cuando tomaron posesión del pal de Tandit, fue reconocer minuciosamente las inmediaciones. Observaron primeramente en qué dirección y hasta dónde podía extenderse la vista; tomaron noticia de las casas que había cerca y de los que las ocupaban. La posición de aquella pendiente aislada y de la eminencia que coronaba el pal de Tandit en medio de un bosque, fue estudiada profundamente, y comprendieron que era imposible llegar hasta allí sin seguir el lecho de un torrente, el torrente de Nazur, por el cual acababan ellos mismos de subir.

Ofrecía, pues, todas las condiciones de seguridad, tanto más cuanto que se levantaba encima de un subterráneo cuyas secretas salidas se abrían sobre la cuesta del contrafuerte y permitían en todo caso la fuga.

Nana Sahib y su hermano no hubieran podido encontrar un asilo más seguro.

Pero no bastaba a Balao-Rao saber lo que era a la sazón el pal de Tandit, sino que quiso saber lo que había sido, y mientras el nabab visitaba el interior, continuó interrogando al gund:

—Voy a hacerte algunas preguntas. ¿Desde cuándo está abandonado este pal?

—Ya hace más de un año —contestó el gund.

—¿Quién lo habitaba?

—Una familia de nómadas que no ha vivido más que unos cuantos meses.


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