La casa de vapor
La casa de vapor —Va y viene —contestó el gund—. Vive únicamente de limosna. En todo el valle se le tiene una especie de veneración supersticiosa y yo mismo la he recibido muchas veces en mi propio pal. No habla jamás con nadie. Parece muda, y no me extrañarÃa que lo fuese. Por la noche se pasea llevando en la mano una tea encendida. Por eso se la denomina «Llama Errante».
—Pero —dijo Balao-Rao—, si esa mujer conoce el pal de Tandit, ¿no puede venir aquà mientras nosotros lo ocupemos? ¿No habrá algo que temer de ella?
—Nada —respondió el gund—. Esa mujer está demente; le falta la razón; sus ojos no ven lo que miran; sus oÃdos no se hacen cargo de lo que oyen; su lengua no sabe pronunciar una palabra. Para todas las cosas exteriores es como si estuviese ciega, sorda y muda. Es una loca, y una loca no es más que una muerta en vida.
El gund, en el lenguaje particular de los indios de las montañas, acababa de trazar el retrato de una extraña criatura, muy conocida en el valle y llamada la «Llama Errante» del Nerbudda.
Era una mujer cuyo rostro pálido, hermoso todavÃa, envejecido, pero no viejo y privado de toda expresión, no indicaba ni su origen, ni su edad. ParecÃa que sus ojos hoscos se habÃan cerrado a la vida intelectual al presenciar algunas escenas espantosas que continuaba viendo en el interior de su imaginación.