La casa de vapor

La casa de vapor

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Los montañeses habían acogido con benevolencia a aquella criatura inofensiva y privada de razón. Para ellos, como para todos los pueblos salvajes, los locos son seres sagrados a quienes protege un respeto supersticioso. Por eso, la «Llama Errante» era recibida hospitalariamente dondequiera que se presentaba. Ningún pal le cerraba su puerta. Le daban de comer cuando tenía hambre, cama cuando estaba cansada, sin esperar una sola palabra de agradecimiento.

¿Desde cuándo duraba aquella existencia? ¿De dónde procedía aquella mujer? ¿Hacia qué época se había presentado en el Gondwana? Hubiera sido difícil decirlo. ¿Por qué se paseaba con una tea en la mano? ¿Era para guiar sus pasos? ¿Era para alejar a las fieras? Todos lo ignoraban. Algunas veces desapareció durante meses enteros. ¿Qué era de ella en este tiempo? ¿Dejaba los desfiladeros de los montes Satpura para entrar en las gargantas de los Vindya? ¿Se extraviaba al otro lado del Nerbudda, llegando hasta Malwa o el Bundelkund? Todo se ignoraba. Más de una vez, prolongándose mucho su ausencia, se la había creído muerta, pero después se la veía siempre la misma, sin que ni la fatiga, ni la enfermedad, ni la miseria, parecieran haber hecho mella en su constitución, tan débil en apariencia.

La «Llama Errante».


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