La casa de vapor
La casa de vapor Balao-Rao escuchó atentamente la relación del indio, preguntándose interiormente si habría algún peligro en aquella circunstancia de que la «Llama Errante» conociese el pal de Tandit, de que hubiese buscado refugio en él y de que pudiera volver.
Preguntó, pues, al gund si él o los suyos sabían dónde se encontraba entonces la loca.
—Lo ignoro —respondió el gund—. Hace más de seis meses que nadie la ha visto en el valle, y es posible que haya muerto. Pero, de todos modos, aunque se presentase de nuevo y viniese al pal de Tandit, nada habría que temer de ella; no es más que una estatua viviente: no nos vería, ni nos oiría, ni sabría quiénes sois. Entraría, se sentaría junto al hogar; estaría aquí un día o dos; después volvería a encender su tea, se alejaría y tornaría a vagar de casa en casa; esta es toda su vida; la que ya tenía su razón muerta, es posible que haya muerto también materialmente.
Balao-Rao no creyó necesario hablar de ello a Nana Sahib, y él mismo acabó por no darle importancia.
Un mes después de su llegada al pal de Tandit, la «Llama Errante» no se había presentado aún en el valle del Nerbudda.