La casa de vapor
La casa de vapor Allí, en aquella capital del reino de Holcar, sin dejar de conservar el más estricto incógnito, se puso en comunicación con la numerosa población rural empleada en el cultivo de los campos de opio. Esta población se componía de los rihillas, de los mekranis, de los valayalis, ardientes, valerosos y fanáticos, en su mayor parte cipayos desertores del ejército indígena que se ocultaban bajo el traje de labradores indios.
Después atravesó el Betwa, afluente del Yamuna, que corre hacia el norte por la frontera occidental del Bundelkund, y el 19 de abril, atravesando un magnífico valle donde los dátiles y los mangos se multiplican con profusión, llegó a Suari.
Allí se levantan curiosos y antiquísimos edificios. Son topes, especie de túmulos coronados de cúpulas hemisféricas, que forman el grupo principal de Saldhara, al norte del valle. De estos monumentos fúnebres, de estas moradas de los muertos, cuyos altares consagrados a los gritos budistas están abrigados por quitasoles de piedra; de esas tumbas vacías desde hace tantos siglos, salieron, a la voz de Nana Sahib, centenares de fugitivos. Ocultos entre las ruinas para librarse de las terribles represalias de los ingleses, una palabra bastó para hacerles comprender lo que el nabab esperaba de ellos, y un gesto debía bastar para arrojarlos en masa sobre los invasores cuando llegara la hora.