La casa de vapor

La casa de vapor

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A la izquierda, el segundo coche estaba recostado en el flanco de una enorme roca de granito dorado por el sol; roca que, por su forma extraña, tanto como por su color, recordaba los gigantescos plum-puddings de piedra de que habla Mr. Russell Killough en la relación de su viaje por la India meridional. De esta habitación, reservada para el sargento MacNeil y sus compañeros del personal, no se veía más que el costado, y estaba situada a veinte pasos de la habitación principal, como un anexo de alguna pagoda más importante. Al extremo de uno de los techos la coronaba un jirón de humo azul del laboratorio culinario de monsieur Parazard, y más a la izquierda, un grupo de árboles, apenas destacados del bosque, subía por el cerro del oeste y formaba el plano lateral del paisaje.

En el fondo, entre las dos habitaciones, se levantaba un gigantesco mastodonte: era nuestro gigante de acero resguardado bajo un cobertizo de grandes pandanos. Con su trompa levantada parecía pacer las ramas superiores, pero estaba sin movimiento. Descansaba, aunque no tenía necesidad de descanso; y, guardián inconmovible de la «Casa de Vapor», como un enorme animal antediluviano, defendía la entrada al extremo de aquel camino por el cual había remolcado todo aquel aparato de locomoción.


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