La casa de vapor

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No llovía ya. Las nubes, más sueltas, corrían bajo el impulso de un viento fresco del noreste por las altas zonas de la atmósfera. El cielo estaba gris: temperatura conveniente para la gente de a pie, pero no había esos juegos de luz y de sombra que son el encanto de los grandes bosques. Dos mil metros de bajada por un camino directo hubieran sido asunto de veinticinco o treinta minutos si el camino no se hubiese prolongado con todas las sinuosidades que debía tener para evitar la inclinación de ciertas pendientes. Tardamos, pues, hora y media en llegar al límite superior de los bosques del Tarryani, a quinientos o seiscientos pies sobre la llanura, pero caminamos alegremente.

—Atención —dijo el capitán Hod—. Entramos en el dominio de los tigres, leones, panteras, leopardos y otros animales bienhechores de la región del Himalaya. Buena cosa es destruir las fieras, pero vale más no ser destruido por ellas. Así, pues, no nos alejemos unos de otros, y seamos prudentes.

Semejante recomendación en boca de tan resuelto cazador tenía un valor considerable, y ninguno de nosotros la despreció. Se cargaron las carabinas y los fusiles, se revisaron las baterías, se pusieron los gatillos en el seguro, y nos dispusimos a cualquier evento.


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