La casa de vapor

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—Así, pues, Fox —añadió el capitán, dirigiéndose a su asistente—, que no haya equivocación esta vez. Estamos en el país de los tigres. Cuatro carabinas «Enfield» para el coronel, Banks, Maucler y yo, y dos fusiles de bala explosiva para ti y para Gumí.

—No tenga usted cuidado, mi capitán —dijo Fox—, las fieras no tendrán de qué quejarse.

Aquel día debía consagrarse, pues, al reconocimiento del bosque de Tarryani, que cubría la parte inferior del Himalaya por debajo de nuestro sanitarium. A las once, después del almuerzo, sir Edward Munro, Banks, Hod, Fox, Gumí y yo, todos bien armados, bajamos por el camino que corta diagonalmente la llanura, después de haber tenido cuidado de dejar en el campamento los dos perros, que no podían sernos útiles en la expedición.

El sargento MacNeil se quedó en la «Casa de Vapor» con Storr, Kaluth y el cocinero, para acabar las operaciones de instalación. Después de un viaje de dos meses, el Gigante de Acero necesitaba ser revisado con detención y limpiado tanto interior como exteriormente, y esto constituía una tarea larga, minuciosa, delicada, que no dejaría mucho tiempo de sobra a fogonero y maquinista.

A las once salimos del sanitarium, y pocos minutos después, en un recodo del camino, la «Casa de Vapor» desapareció detrás de una espesa cortina de árboles.


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