La casa de vapor
La casa de vapor —AsÃ, pues —dijo Banks—, ¿desde hoy van ustedes a dejar el campamento y a ponerse en campaña?
—Desde hoy —respondió el capitán Hod—. Comenzaremos por reconocer el terreno y explorar la zona inferior bajando hasta los bosques del Tarryani. ¡Con tal que los tigres no hayan abandonado esta residencia!
—¿Cree usted…?
—Tengo mala suerte.
—¿Mala suerte en el Himalaya? —dijo el ingeniero—. ¿Por ventura es eso posible?
—En fin, ya veremos. ¿Nos acompañará usted, Maucler? —preguntó el capitán, volviéndose hacia mÃ.
—Ciertamente.
—¿Y usted, Banks?
—Yo también —respondió el ingeniero—; y pienso que Munro será también de la partida, a lo menos como aficionado.
—Bueno —dijo el capitán Hod—, vengan ustedes como aficionados, pero bien armados. No se trata de salir a pasearse con el bastón en la mano, porque eso humillarÃa a las fieras del Tarryani.
—De acuerdo —respondió el ingeniero.