La casa de vapor
La casa de vapor Una voz muy conocida me despertó al rayar el alba del dÃa siguiente, 26 de junio. Me levanté inmediatamente: el capitán Hod y su asistente Fox estaban en conversación muy animada en el comedor de la «Casa de Vapor».
Cuando yo llegué, Banks acababa de salir de su cuarto y el capitán le interpelaba con su voz sonora.
—Y bien, amigo Banks, hemos llegado al fin a buen puerto. Esta vez ya no se trata de un descanso de pocas horas, sino de una residencia definitiva de algunos meses.
—SÃ, mi querido Hod —respondió el ingeniero—, y puede usted organizar sus cacerÃas como guste. El silbido del Gigante no le llamará ya al campamento.
—¿Lo oyes, Fox?
—SÃ, mi capitán —contestó el asistente.
—Asà Dios me ayude —exclamó Hod—, que espero no salir de este sanitarium antes de que haya caÃdo el número cincuenta al impulso de mis balas. ¡El número cincuenta, Fox! Tengo el presentimiento de que ha de ser difÃcil matarle.
—Se le matará, sin embargo —respondió Fox.
—¿Por qué tiene usted ese presentimiento, capitán? —le pregunté.
—No lo sé, Maucler; es una idea de cazador y nada más.