La casa de vapor
La casa de vapor A las doce y media habíamos entrado bajo la sombra de los grandes árboles agrupados al extremo del bosque, cuyo alto ramaje se desarrollaba por encima de anchas calles, por las cuales habría pasado muy fácilmente el Gigante de Acero seguido del tren que arrastraba. En efecto, esta parte del bosque estaba desde largo tiempo destinada al paso de las carretas cargadas de madera que sacaban los montañeses, lo cual se veía en las rodadas frescas que se observaban en la tierra húmeda. Aquellos caminos principales corrían paralelos a la cordillera, siguiendo la orilla más ancha del Tarryani, y reunían entre sí los claros del bosque abiertos por el hacha del leñador, pero por los demás lados no daban acceso sino a estrechas sendas que se perdían en espesuras impenetrables.
Seguimos, pues, estas calles, más como geómetras que como cazadores, para reconocer su dirección general.
Ningún rugido turbaba el silencio en las profundidades del bosque. Sin embargo, grandes huellas recientes probaban que las fieras no habían abandonado el Tarryani.
De pronto, en el instante en que torcíamos un recodo del camino que volvía a la derecha para contornear la falda de un contrafuerte, una exclamación del capitán Hod, que iba delante, nos hizo detener.