La casa de vapor
La casa de vapor A veinte pasos, en el ángulo de una plazoleta rodeada de grandes pandanos, se levantaba un edificio de extraña forma. No era una casa, porque no tenÃa chimenea ni ventanas; no era tampoco una choza de cazador, porque no tenÃa aspilleras; parecÃa una tumba india perdida en el seno del bosque.
En efecto, imagÃnese una especie de cubo largo formado de troncos puestos en sentido vertical, fijos sólidamente en el suelo y sujetos por su parte superior con una espesa trabazón de ramas. Otros troncos transversales, fuertemente encajados en la parte superior de los verticales, formaban el techo. Evidentemente, el constructor habÃa querido dar a su obra una solidez a toda prueba en sus cinco lados. La construcción tenÃa seis pies de altura por doce de longitud y cinco de anchura. No tenÃa entrada, a no ser que estuviese oculta en su fachada anterior por grueso madero, cuya cabeza redondeada sobresalÃa un poco del conjunto de la construcción. Por encima del techo se levantaban largas varas flexibles, singularmente dispuestas y unidas entre sÃ. Al extremo de una palanca horizontal que sostenÃa esta armadura, pendÃa un nudo corredizo formado por una gruesa trenza de bejucos.
—¡Eh! ¿Qué es eso? —exclamé yo.