La casa de vapor
La casa de vapor —Sin embargo, señores, no ocultaré a ustedes —añadió— que al principio consideré el asunto por su lado cómico. Estaba aprisionado, ciertamente, y no habÃa carcelero que viniera a abrir la puerta de mi prisión. Pero pensé que mi gente, no viéndome volver al kraal, se alarmarÃa por mi prolongada ausencia y harÃa pesquisas, que tarde o temprano tendrÃan el resultado apetecido. Era, pues, cuestión de tiempo.
»¿Qué hacer en un escondrijo a no ser que se sueñe?, ha dicho una fabulista francés.
»Me puse, pues, a soñar despierto y pasaron las horas sin que nada viniese a modificar mi situación. Llegó la noche, se hizo sentir el hambre e imaginé que lo mejor que podÃa hacer para engañarla serÃa dormir.
»Tomé mi partido como filósofo y me dormà profundamente. La noche fue tranquila en medio del gran silencio del bosque. Nada vino a turbar mi sueño y quizá dormirÃa todavÃa si no hubiese sido despertado por un ruido insólito. La puerta de la trampa se levantaba; la claridad del dÃa entraba a raudales en mi oscuro retiro; no tenÃa que hacer más que lanzarme afuera, cuando, con gran sorpresa, vi el instrumento de muerte dirigido contra mi pecho. Un instante más y la hora de mi libertad hubiera sido la última de mi vida. Pero el señor capitán tuvo a bien reconocer en mà una criatura de su especie y no me resta más que agradecer a ustedes el haberme devuelto la libertad.