La casa de vapor

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Yo vi que nuestro amigo Hod iba a enzarzarse con tanta viveza como Mathias Van Guitt en aquella cuestión palpitante.

¿Había el uno atrapado más tigres que los que el otro había muerto? ¡Qué materia de discusión! ¿Valía más capturarlos que destruirlos? ¡Qué tesis para defenderla!

Ambos, capitán y proveedor, comenzaban ya a cambiar frases rápidas y a hablar al mismo tiempo sin comprenderse, cuando intervino Banks.

—Los tigres —dijo— son los reyes de la creación: convenido, señores; pero me permitiré añadir que son reyes muy peligrosos para sus súbditos. En mil ochocientos sesenta y dos, si no me engaño, estos excelentes felinos se comieron a todos los telegrafistas de la estación de la isla de Sangor. Se cita también una tigresa que, en tres años, no causó menos de ciento dieciocho víctimas, y otra que en el mismo espacio de tiempo, mató a ciento veintisiete personas. Eso es demasiado aun para reinas. En fin, desde el desarme de los cipayos, en un intervalo de tres años, doce mil quinientos cincuenta y cuatro individuos han perecido bajo los dientes de los tigres.

—Pero, caballero —dijo Mathias Van Guitt—, ¿olvida usted que esos animales son omófagos?

—¿Omófagos? —dijo el capitán Hod.


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