La casa de vapor

La casa de vapor

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—Caballos, si prefiere usted el término vulgar. Pero estos antílopes, asustados por la inmediación del felino, por su olor, por el resplandor que sale de sus ojos, se encabritan y es necesaria toda la destreza de sus jinetes para contenerlos. De repente, se abre la puerta de la jaula; el monstruo se lanza, vuela, salta, se arroja sobre los grupos esparcidos e inmola a su rabia una hecatombe de víctimas. Si alguna vez logra romper el círculo de hierro y de fuego en que está encerrado, por lo general sucumbe, porque es uno contra ciento; pero a lo menos su muerte es gloriosa y queda vengado de antemano.

—¡Bravo, señor Van Guitt! —exclamó el capitán Hod, que se animaba a su vez—. Sí, el tigre es el rey de los animales.

—Un rey que desafía a las revoluciones —añadió el proveedor.

—Y si usted ha atrapado algunos, señor Van Guitt —añadió el capitán Hod—, yo he matado muchos, y espero no dejar las orillas del Tarryani hasta que haya caído el quincuagésimo al impulso de la bala de mi carabina.

—Capitán —dijo el proveedor, frunciendo el ceño—, he abandonado a usted los jabalíes, los lobos, los osos, los búfalos. ¿No le bastan a su furia de cazador?


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