La casa de vapor

La casa de vapor

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Antes de salir del kraal, sir Edward Munro, que probablemente no pensaba hacer frecuentes visitas al establecimiento del proveedor, dio de nuevo las gracias a Kalagani por haberle salvado la vida y le dijo que siempre sería bien recibido en la «Casa de Vapor».

El indio se inclinó fríamente. Si sintió alguna satisfacción al oír hablar así al hombre que le debía la vida, por lo menos no lo demostró de modo alguno su semblante.

Volvimos a la hora de comer y, como es de suponer, Mathias Van Guitt fue el objeto de la conversación.

—¡Mil diablos! ¡Qué gestos hace ese proveedor! —repetía el capitán Hod—. ¡Qué elección de palabras, qué expresiones! Pero si no ve en las fieras más que objetos de exhibición, se engaña.

En los días siguientes, 27, 28 y 29 de junio, la lluvia cayó en tal abundancia, que nuestros cazadores, por más aficionados que fuesen, no pudieron dejar la «Casa de Vapor». Además, con aquel tiempo horrible, era imposible hallar huellas de los animales, los cuales huyen del agua como los gatos y no salen voluntariamente de sus guaridas.

El 30 de junio mejoró el tiempo y también la apariencia del cielo, y aquel día el capitán Hod, Fox, Gumí y yo hicimos nuestros preparativos para bajar al kraal.


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