La casa de vapor
La casa de vapor Nosotros le esperábamos apostados en escuadra en las caras laterales de las rocas, y medio cubiertos por los troncos de los árboles para evitar el choque de un primer salto.
El capitán habÃa elegido otro sitio, realmente el más peligroso: se habÃa situado a la entrada de una senda abierta en la espesura, la única por donde podÃa pasar la tigresa cuando tratase de huir a través del bosque. HabÃa puesto una rodilla en tierra para asegurar mejor el golpe, y tenÃa sólidamente apoyada la carabina en el hombro, manteniendo en todo su cuerpo una inmovilidad de mármol.
Apenas habÃan transcurrido tres minutos desde el momento en que se levantó la llama, cuando un rugido, o, mejor dicho, un estertor de sofocación se oyó a la entrada de la cueva. El combustible quedó dispersado en un momento, y un enorme cuerpo se presentó entre las nubes de humo.
Era, en efecto, la tigresa.
—¡Fuego! —gritó Banks.
Diez tiros salieron a la vez; pero después pudimos observar que ninguna bala habÃa tocado al animal. Su aparición habÃa sido demasiado rápida. ¿Cómo apuntarle con exactitud entre el espeso humo que la envolvÃa?