La casa de vapor
La casa de vapor Pero después de su primer salto, la tigresa no había tocado tierra más que para tomar un punto de apoyo y lanzarse a la espesura por medio de otro salto formidable.
El capitán Hod esperaba al animal con la mayor serenidad, y cogiéndole, por decirlo así, al vuelo, le envió una bala que le dio en la paletilla.
En un abrir y cerrar de ojos, la tigresa se precipitó sobre nuestro compañero, le derribó e iba a destrozarle el cráneo con un golpe de sus formidables zarpas…
Kalagani dio un salto, con un gran machete en la mano.
El grito que todos dimos resonaba todavía cuando el valeroso indio, cayendo sobre la fiera, la asió por la garganta en el momento en que su garra iba a caer sobre el cráneo del capitán.
El animal, distraído por aquel brusco ataque, derribó al indio con un movimiento de su cadera y se precipitó sobre él.
Pero el capitán Hod se había levantado de un salto, y, recogiendo el machete que Kalagani había dejado caer, con mano segura lo hundió todo entero en el corazón de la fiera, la cual rodó por tierra.
Cinco segundos todo lo más habían durado las diversas peripecias de esta escena conmovedora.