La casa de vapor

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El capitán Hod estaba todavía de rodillas cuando llegamos a su lado. Kalagani, con el hombro ensangrentado, acababa de levantarse.

—¡Bag mahryaga! ¡Bag mahryaga! —gritaron los indios, lo que significaba: «¡La tigresa ha muerto!».

En efecto, estaba bien muerta. Era un soberbio animal. Tenía diez pies desde el hocico al extremo de la cola, tamaño a proporción, patas enormes armadas de largas garras aceradas, que parecían afiladas.

Mientras admirábamos aquella fiera, los indios, muy rencorosos, y con razón, la colmaban de invectivas, y Kalagani se había acercado al capitán Hod, diciendo:

—Gracias, capitán.

—¡Cómo, gracias! —exclamó Hod—. Yo soy quien debe dártelas, valiente. Sin tu auxilio, habría perecido uno de los capitanes del primer escuadrón de carabineros del ejército real.

—A no ser por usted, yo estaría ya muerto —respondió con calma el indio.

—¡Eh, mil diablos! ¿No te has lanzado con el machete en la mano para matar a la tigresa en el momento en que iba a romperme el cráneo?

—Pero es usted quien la ha matado, capitán, y esa tigresa, forma el número cuarenta y seis para usted.

—¡Viva! —exclamaron los indios—. ¡Viva el capitán Hod!


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