La casa de vapor

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Y, en verdad, el capitán tenía derecho a poner a aquella tigresa en el catálogo de sus víctimas; pero dio a Kalagani un buen apretón de manos.

—Vuelva usted a la «Casa de Vapor» —dijo Banks a Kalagani—; tiene el hombro destrozado, pero ya encontraremos en el botiquín de viaje con qué curar esa herida.

Kalagani hizo una reverencia en señal de asentimiento, y todos, después de habernos despedido de los montañeses de Suari, que se deshicieron en muestras de gratitud, nos dirigimos hacia el sanitarium.

Los chikaris nos dejaron para volver al kraal. Esta vez volvían también con las manos vacías; y si Mathias Van Guitt había contado con aquella reina del Tarryani, tendría que vestir de luto. Verdad es que, en aquellas condiciones, hubiera sido imposible atraparla viva.

Al mediodía llegamos a la «Casa de Vapor», y allí nos enteramos de un incidente inesperado y que nos sorprendió desagradablemente. El coronel Munro, el sargento MacNeil y Gumí se habían ausentado.

Un billete, dirigido a Banks, le decía que no se alarmase por su ausencia, porque sir Edward Munro, deseoso de reconocer la frontera del Nepal, había partido hacia allá, con ánimo de esclarecer algunas dudas relativas a los compañeros de Nana Sahib, y que estaría de vuelta antes de la época en que debíamos dejar el Himalaya.


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