La casa de vapor

La casa de vapor

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El primer movimiento del capitán Hod, a pesar de la recomendación del proveedor, fue hacer fuego.

—¡No tire usted, capitán! —exclamó Mathias Van Guitt—. Se lo ruego, no tire usted.

—Pero…

—Le digo a usted que no; ese león ha caído en uno de mis lazos y me pertenece.

Estábamos, en efecto, a la vista de un lazo, a la vez muy sencillo y muy ingenioso.

Consistía en una cuerda resistente fijada en una fuerte y flexible rama del árbol. Esta rama estaba encorvada hacia el suelo, de manera que el extremo inferior de la cuerda, terminada por un nudo corredizo, pudiera entrar por la muesca de una estaca sólidamente fijada en tierra. En aquella estaca se había colocado un cebo, de tal manera, que si un animal lo tocaba, debía meter en el nudo abierto, ya la cabeza, ya una de las patas; pero apenas entraba cuando el cebo, por poco que se le moviese, hacía desprender la cuerda de la muesca y la rama se levantaba con el animal. Al mismo tiempo un pesado cilindro de madera caía a lo largo de la cuerda sobre el nudo, lo sujetaba fuertemente e impedía que pudiera desatarse por más esfuerzos que hiciese la fiera.

Este género de lazos se usa frecuentemente en los bosques de la India, y en ellos se cogen muchas más fieras de las que podría creerse.


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