La casa de vapor
La casa de vapor Mathias Van Guitt, el capitán Hod y yo, acompañados de Fox, del maquinista Storr y de Kalagani, habíamos salido al amanecer y registrábamos un espeso matorral de cactos y lentiscos cuando oímos varios rugidos medio ahogados.
Inmediatamente, con los fusiles preparados y agrupados los seis para libramos de cualquier ataque aislado, nos dirigimos hacia el sitio sospechoso.
A los cincuenta pasos, el proveedor nos mandó hacer alto, porque en la naturaleza de los rugidos creyó conocer lo que pasaba, y, dirigiéndose más especialmente al capitán Hod, dijo:
—Sobre todo, no hay que disparar inútilmente. —Después, adelantándose algunos pasos hacia nosotros y haciéndonos señas de que nos detuviéramos, exclamó—: ¡Un león!
En efecto, al extremo de una fuerte cuerda atada a la horquilla de una sólida rama de árbol, vimos un animal preso en el lazo y que procuraba desembarazarse de sus ligaduras.
Era, en efecto, un león, uno de esos leones sin melena que se distinguen por esta particularidad de sus congéneres de África, pero un verdadero león, el león que necesitaba Mathias Van Guitt.
La fiera, con una de sus patas delanteras cogida en el nudo corredizo de la cuerda daba terribles sacudidas, sin lograr desprenderse.