La casa de vapor
La casa de vapor —Edward, si pongo una casa portátil a tu disposición; si de aquà a un mes, cuando la estación lo permita, vengo a decirte: «Aquà tienes tu habitación y cambiarás de sitio cuando quieras e irás adonde quieras; aquà tienes a tus amigos, Maucler, el capitán Hod y yo que deseamos acompañarte en una excursión por el norte de la India», ¿me contestarás: «Marchemos y que el Dios de los viajeros nos proteja»?
—SÃ, amigos mÃos —respondió el coronel Munro después de haber reflexionado un instante—. Banks, pongo a tu disposición todo el dinero necesario: cumple tu promesa; tráenos esa casa ideal de vapor que sobrepuje los sueños de Hod y atravesaremos con ella la India entera.
—¡Viva —exclamó el capitán Hod—, y mueran las fieras de las fronteras del Nepal!
En aquel momento el sargento MacNeil, atraÃdo por los vivas del capitán, se presentó a las puertas de la sala.
—MacNeil —le dijo el coronel Munro—, dentro de un mes marchamos para el norte de la India, y tú vendrás con nosotros, como supongo.
—Necesariamente, mi coronel, puesto que usted va —respondió el sargento MacNeil.