La casa de vapor
La casa de vapor Después, el ruido de la lucha fue disminuyendo poco a poco; los rugidos se debilitaron; los saltos de los tigres que ocupaban las otras secciones de nuestra jaula fueron menos frecuentes. ¿HabÃa concluido la matanza?
De repente oà que se cerraba con estrépito la puerta del kraal; luego Kalagani nos llamó a grandes gritos, y a su voz se unió la de Fox, repitiendo:
—¡Mi capitán, mi capitán!
—¡Por aquÃ! —respondió Hod.
Le oyeron, y casi inmediatamente sentà que la jaula se levantaba. Un momento después estábamos libres.
—¡Fox, Storr! —gritó el capitán, cuyo primer pensamiento fue para sus compañeros.
—Presentes —respondieron el maquinista y el asistente.
No estaban ni siquiera heridos. Mathias Van Guitt y Kalagani se encontraban también sanos y salvos. Dos tigres y una pantera yacÃan sin vida en el suelo; los demás habÃan abandonado el kraal, cuya puerta acababa de cerrar Kalagani. Estábamos todos en seguridad.
Ninguna de las fieras de la colección habÃa logrado escaparse durante la lucha y aún el proveedor contaba un prisionero más. Era un joven tigre, sobre el cual habÃa caÃdo la pequeña jaula de ruedas, cogiéndole como en una trampa.