La casa de vapor

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Referí a Banks nuestra aventura, y no hay que decir si nos felicitó por haber salido salvos a tan poca costa de aquellos peligros. Con frecuencia en ataques de este género, ni uno solo de los atacados ha podido contar los sangrientos hechos de los agresores.

El capitán Hod, de buena o mala gana, tuvo que llevar su brazo en cabestrillo; pero el ingeniero, que era el verdadero médico de la expedición, no encontró nada grave en su herida y afirmó que al cabo de pocos días estaría completamente curado.

En el fondo, el capitán Hod estaba muy mortificado de haber recibido una herida sin poder devolverla; y, sin embargo, había añadido un tigre a los cuarenta y ocho que figuraban en su lista.

Al día siguiente, veintisiete de agosto, por la tarde, los ladridos de los perros resonaron con fuerza, pero alegremente.

Eran el coronel Munro, MacNeil y Gumí, que regresaban al sanitarium.

Su vuelta nos tranquilizó. ¿Había tenido éxito la expedición de sir Edward Munro? No lo sabíamos todavía; pero volvía sano y salvo y esto era lo importante.

Banks fue el primero que corrió hacia él, le estrechó la mano y le interrogó con la mirada.


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