La casa de vapor

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MacNeil y Gumí, a quienes Banks interrogó aquella noche, fueron más explícitos. Dijéronle que el coronel Munro había querido, efectivamente, recorrer de nuevo aquella parte del Indostán en que Nana Sahib se había refugiado antes de su aparición en la presidencia de Bombay. Su objeto era averiguar lo que había sido de los compañeros del nabab, si quedaba alguna huella de su paso por aquel punto de la frontera indo-china y si a falta de Nana Sahib se ocultaba su hermano Balao-Rao en aquel país, independiente todavía de la dominación inglesa. Ahora bien, sus pesquisas le habían dado la seguridad de que los rebeldes habían abandonado el país. No quedaban vestigios del campamento donde se habían celebrado las falsas exequias destinadas a simular la muerte de Nana Sahib; de Balao-Rao no se tenía noticia alguna y de sus compañeros nada se sabía que pudiera dar esperanzas de seguir su pista. Muerto el nabab en los desfiladeros de los montes Satpura y dispersados los suyos probablemente al otro lado de la frontera, sir Edward Munro no podía consumar su obra de justicia. No teníamos que hacer más, por consiguiente, que dejar la frontera del Himalaya, volver hacia el sur y dar fin a nuestro itinerario de Calcuta a Bombay.




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