La casa de vapor

La casa de vapor

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Al día siguiente, 23 de septiembre, un encuentro que nos retrasó algunas horas, vino a justificar una de las observaciones que había hecho Kalagani.

Eran las once de la mañana. Terminado el almuerzo, nos habíamos sentado par dormir la siesta, unos bajo la baranda, otros en el salón de la «Casa de Vapor». El Gigante de Acero marchaba a razón de nueve a diez kilómetros por hora; un magnífico camino arbolado se abría delante de nuestro tren entre campos de algodoneros y de cereales; el tiempo era hermoso; el sol picaba; un riego municipal de aquel camino hubiera sido muy de desear, porque el viento levantaba un polvo fino y blanco delante de nuestro tren.

Pero todavía fue peor la cosa cuando, tendiendo la vista a una distancia de dos o tres millas, nos pareció la atmósfera llena de tal torbellino de polvo que seguramente un violento simún no lo hubiera levantado más espeso en el desierto de Libia.

—No comprendo cómo puede producirse ese fenómeno —dijo Banks—, porque la brisa es ligera.

—Kalagani nos lo explicará —respondió el coronel Munro.

Llamamos al indio, que vino hasta la baranda, observó el camino y sin vacilar dijo:

—Es una larga caravana que sube hacia el norte, y como ya he dicho, probablemente será una caravana de banjaris.


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