La casa de vapor
La casa de vapor —Kalagani —dijo Banks—, ¿encontrará usted en ella algunos de sus antiguos compañeros?
—Es posible —respondió el indio—, porque he vivido largo tiempo entre esas tribus nómadas.
—¿Y tiene usted la intención de dejamos para irse con ellos? —preguntó el capitán Hod.
—De ningún modo —replicó Kalagani.
Este no se habÃa engañado. Media hora después el Gigante de Acero, pese a su potencia, se vio obligado a suspender su marcha ante una muralla de rumiantes.
Pero no podÃamos lamentar aquel retraso, porque el espectáculo que se presentó a nuestros ojos valÃa la pena de ser observado. Un numerosÃsimo rebaño, que no tenÃa menos de cuatro mil a cinco mil bueyes, llenaba el camino hacia el sur en un espacio de varios kilómetros.
Como habÃa dicho Kalagani, aquel convoy de rumiantes pertenecÃa a una caravana de banjaris.