La casa de vapor
La casa de vapor —Los banjaris —nos explicó Banks— son los verdaderos gitanos del Indostán, pueblo más bien que tribu, sin morada fija, que vive durante el verano bajo la tienda y durante el invierno al abrigo de las cabañas. Son los mozos de cuerda de la penÃnsula y les he visto trabajar durante la insurrección de mil ochocientos cincuenta y siete. Por una especie de convenio tácito entre los beligerantes, se permitÃa que sus convoyes atravesasen las provincias agitadas por la rebelión. Eran en efecto los proveedores del paÃs y alimentaban lo mismo al ejército real que al ejército indÃgena. Si fuera absolutamente preciso señalar una patria en la India, a estos nómadas, les señalarÃamos el Rajputana y más especialmente quizá el reino de Milwar. Pero, puesto que van a desfilar delante de nosotros, mi querido Maucler, le ruego que examine atentamente a esos banjaris.
Nuestro tren se habÃa separado prudentemente, colocándose a un lado del camino, porque no hubiera podido resistir a aquel aluvión de animales cornudos ante el cual las mismas fieras no vacilan en huir. Observé con atención, como querÃa Banks, aquella larga comitiva; pero antes debo observar que la «Casa de Vapor», en aquel momento, no pareció producir su efecto acostumbrado. El Gigante de Acero, que con tanta frecuencia excitaba la admiración general, apenas llamó la atención de aquellos banjaris, acostumbrados sin duda a no asombrarse de nada.