La casa de vapor

La casa de vapor

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Los hombres y mujeres de aquella raza errante eran admirables; aquellos, altos, vigorosos, de fisonomía fina, nariz aguileña, cabellos ensortijados, color bronceado donde el cobre rojo dominaba al estaño, vestidos de larga túnica y turbante, armados de lanza y escudo y de la enorme espada que se lleva colgada del tahalí; las mujeres, de alta estatura, bien proporcionadas, de aire altivo como los hombres, de busto aprisionado en un justillo y el resto del cuerpo perdido bajo los pliegues de una ancha falda y todo envuelto de la cabeza a los pies en un manto elegante, pendientes en las orejas, gargantillas al cuello, brazaletes en los brazos, ajorcas en los tobillos, todo de oro, de plata, de marfil o de concha.

Cerca de aquellos hombres y mujeres, viejos y niños, marchaban a paso lento millares de bueyes sin silla ni freno, agitando sus borlas rojas, y haciendo sonar las campanillas de sus cabezas y llevando todos sobre el lomo unas grandes alforjas que contenían trigo y otros cereales.

Era una tribu completa que marchaba en caravana bajo la dirección de un jefe electivo, el naik, cuyo poder es ilimitado durante la duración de su mandato, teniendo él solo la facultad de dirigir el convoy, fijar las horas de descanso y disponer las líneas del campamento.


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