La casa de vapor
La casa de vapor A la cabeza del ganado marchaba un toro de gran tamaño, de actitud magnÃfica, cubierto de telas resplandecientes y adornado de una sarta de campanillas y de conchas.
Pregunté a Banks qué papel desempeñaba aquel magnÃfico animal.
—Kalagani podrá decÃrnoslo con seguridad —respondió el ingeniero—. ¿Dónde está?
Llamamos a Kalagani, pero no apareció; se le buscó y no estaba en la «Casa de Vapor».
—Ha ido, sin duda, a saludar a alguno de sus antiguos compañeros —dijo el coronel Munro—, pero volverá antes de que emprendamos la marcha.
Nada más natural. Por tanto, no habÃa por qué alarmarse de la ausencia momentánea del indio; sin embargo, por mi parte, no dejó de llamarme la atención.
—Pues bien —dijo entonces Banks—, si no me engaño, ese toro en las caravanas de banjaris es el representante de su divinidad. Por donde va él van todos. Cuando se detiene, todo el mundo hace alto; pero yo sospecho que obedece secretamente a los mandatos del naik. En una palabra, creo que se reúne en él toda la religión de estos nómadas.