La casa de vapor

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Solamente dos horas después de haber comenzado el desfile, empezamos nosotros a ver el fin de aquella interminable comitiva. Busqué a Kalagani en la retaguardia y se presentó acompañado de un indio que no pertenecía al tipo banjari. Sin duda, era alguno de esos indígenas que alquilan temporalmente sus servicios a las caravanas, como había hecho varias veces Kalagani. Ambos hablaban fríamente, moviendo apenas los labios. ¿De quién o de qué podían hablar? Probablemente del país que la tribu en marcha acababa de atravesar y en el cual íbamos a entrar nosotros bajo la dirección de nuestro nuevo guía.

Aquel indígena, que se había quedado a la cola de la caravana, se detuvo un instante al pasar junto a la «Casa de Vapor». Observó con interés el tren precedido de nuestro elefante artificial y me pareció que miraba más atentamente al coronel Munro, pero no nos dirigió la palabra. Después, haciendo una señal de despedida a Kalagani, se unió a la caravana y desapareció entre una nube de polvo.

Cuando Kalagani se incorporó a nosotros, sin aguardar a que nadie le preguntara, dijo al coronel Munro:

—Es uno de mis antiguos compañeros, que está desde hace dos meses al servicio de la caravana.


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