La casa de vapor
La casa de vapor Mientras tanto, el Gigante de Acero trabajaba valientemente con sus cuatro patas que batían el agua y funcionaban como espadillas. Sin dejar de derivar hacia abajo, seguía la línea oblicua por la cual debíamos llegar al punto de desembarco.
Media hora después habíamos llegado; pero apenas tocamos en la orilla opuesta, toda la tropa de clowns cuadrumanos saltó a tierra y desapareció dando saltos.
—Bien hubieran podido decir gracias —exclamó Fox, descontento de la poca educación de sus compañeros de viaje.
Le respondimos con una carcajada, que era lo que merecía la observación del asistente.