La casa de vapor
La casa de vapor El Gigante de Acero entró inmediatamente en la corriente, y, volviéndose hacia la parte superior, resistió sus ímpetus.
Banks creyó por un instante que el tren sería demasiado pesado con aquel aumento de pasajeros, pero no fue así; los monos se habían repartido de una manera muy prudente; los había sobre las ancas, sobre la torrecilla, sobre el cuello del elefante y hasta en el extremo de su trompa, y no se asustaban de los chorros de vapor. Los había sobre los techos redondos de nuestra pagoda; los unos en cuclillas, los otros de pie; estos sobre sus cuatro manos, aquellos colgados de la cola aun bajo la baranda de los balcones. Pero la «Casa de Vapor» se mantenía en su línea de flotación, gracias a la feliz disposición de sus cajas de aire, y no había nada que temer de aquel aumento de peso.
Los unos en cuclillas, los otros de pie.
El capitán Hod y Fox estaban maravillados, el asistente sobre todo. Por poco no hace los honores de la «Casa de Vapor» a aquella tropa gesticulante.
Hablaba a los langures, les estrechaba la mano, les saludaba con el sombrero y de buena gana hubiera agotado todos los terrones de azúcar de la despensa, si monsieur Parazard, formalizado al encontrarse en semejante sociedad, no se hubiera opuesto.