La casa de vapor
La casa de vapor ¿Había tenido razón Kalagani para decir que aquella tropa, no atreviéndose a arrostrar la corriente de las aguas desbordadas, quería aprovecharse de nuestro aparato flotante para pasar el Betwa?
Era posible, y pronto íbamos a saber la verdad.
El Gigante de Acero, que había atravesado la playa, acababa de llegar al lecho del río y pronto el tren se halló con él flotando. Un recodo de la orilla producía en aquel paraje una especie de remolino de agua estancada, y al llegar allí la «Casa de Vapor», se mantuvo por algunos instantes inmóvil.
La tropa de monos se había aproximado y entraba ya en el agua poco profunda que cubría el talud de la orilla.
No hicimos ninguna demostración hostil; de repente, machos, hembras, viejos y jóvenes, brincando y saltando, se agarraron por la mano y se llegaron al tren, que parecía esperarles.
En pocos segundos se subieron diez sobre el Gigante de Acero y treinta sobre cada una de las casas y en seguida subieron más, hasta un centenar, alegres, familiares y aun puede decirse que habladores (a lo menos entre sí), felicitándose sin duda de haber encontrado tan oportunamente un aparato de navegación que les permitiera continuar el viaje.