La casa de vapor
La casa de vapor Detrás de aquel elefante venían varias hembras, que son las verdaderas directoras de la caravana. Sin la presencia de la «Casa de Vapor» habrían formado la vanguardia y aquel macho se hubiera quedado atrás, sin duda, entre las filas de sus compañeros. En efecto, los machos no saben dirigir un rebaño; no tienen a su cargo los hijos; no pueden saber cuándo es necesario hacer alto para las necesidades de sus «bebés», ni qué clase de campamento les conviene. Son las hembras las que moralmente llevan la dirección de la «casa» y dirigen las grandes emigraciones.
Iban en filas apretadas.
Ahora, en cuanto a saber por qué marchaba así aquella tropa, era cosa difícil; no se sabía si la impulsaba la necesidad de buscar otros pastos habiéndose agotado los antiguos o la de huir de las picaduras de ciertas moscas muy perniciosas, o, por último, el deseo de seguir nuestro tren extraordinario. El país estaba bastante desierto, y, según la costumbre de aquellos animales, cuando no están en regiones pobladas de árboles, viajan durante el día. ¿Se detendrían al llegar la noche, como nosotros tendríamos que hacerlo? Esto era lo que íbamos a ver en breve.
—Capitán Hod —dije yo a nuestro amigo—, el número de elefantes aumenta. ¿Persiste usted en no temer nada de ellos?