La casa de vapor

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Sin embargo, aquel carruaje, al mismo tiempo que servía para alojamiento del personal de la expedición, contenía la cocina, la despensa y la reserva de víveres y municiones. De estas últimas no nos quedaba más que una docena de cartuchos; pero no era probable que tuviésemos que hacer uso de ellos antes de nuestra llegada a Yubbulpore.

En cuanto a los víveres, la cuestión era más difícil de resolver.

En efecto, no teníamos provisiones, y aun admitiendo que al día siguiente por la noche hubiéramos podido llegar a la estación, de la cual distábamos todavía setenta kilómetros, habría que resignarse a pasar veinticuatro horas sin comer.

Nos resignamos, en efecto.

En estas circunstancias, el más desconsolado de todos fue, naturalmente, monsieur Parazard. La pérdida de su despensa, la destrucción de su laboratorio, la desaparición de sus depósitos, le habían herido en el corazón.

No ocultó su desesperación y, olvidando los peligros de que casi milagrosamente habíamos escapado, se mostró muy afligido por la situación personal en que se encontraba.


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