La casa de vapor

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En el momento en que, reunidos en el salón, íbamos a discutir el partido que convenía tomar en aquellas circunstancias, monsieur Parazard, con aire solemne, se presentó en el umbral y pidió permiso para «hacer una comunicación de la mayor gravedad».

—Hable usted, monsieur Parazard —le respondió el coronel Munro, invitándole a entrar en el salón.

—Señores —dijo gravemente el negro cocinero—, ya saben ustedes que todo el material que llevaba la segunda habitación de la «Casa de Vapor» ha quedado destruido en esta catástrofe. Aunque en el caso de que hubieran quedado algunas provisiones, yo encontraría grandes dificultades para preparar una comida, por modesta que fuese, debido a la falta de cocina.

—Lo sabemos, monsieur Parazard —respondió el coronel Munro—. Es sensible lo que ha pasado, pero haremos lo que se pueda y ayunaremos si es preciso ayunar.

—Es tanto más sensible, señores —añadió el jefe de cocina—, cuanto que a la vista de esos grupos de elefantes que nos acometían y de los cuales más de uno ha caído al impulso mortífero de las balas…

—¡Hermosa frase, monsieur Parazard! —le interrumpió el capitán Hod—. Con pocas lecciones llegaría usted a expresarse con tanta elegancia como nuestro amigo Mathias Van Guitt.


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