La casa de vapor
La casa de vapor Monsieur Parazard se inclinó al oÃr aquel cumplido, que tomó por lo serio, y después, dando un suspiro, continuó:
—DecÃa, pues, señores, que ante esos grupos de elefantes se me ofrecÃa una ocasión de señalarme en mi profesión. La carne de elefante, por más que se haya creÃdo otra cosa, no es buena en todas sus partes, pues algunas son incontestablemente duras y coriáceas; mas parece que el Autor de todas las cosas, ha querido proporcionar al hombre, en esa masa carnosa, dos trozos exquisitos de primer orden, dignos de ser servidos en la mesa del virrey de las Indias. Estos son la lengua del animal, que es sabrosÃsima cuando está preparada según una receta de mi invención, y los pies del paquidermo.
—¡Paquidermo! Muy bien —dijo el capitán Hod con un gesto de aprobación—, aunque proboscÃdeo es más elegante…
—Pies —continuó monsieur Parazard—, con los cuales se hace una de las mejores sopas conocidas en el arte culinario, del cual soy representante en la «Casa de Vapor».
—Con su discurso se nos hace la boca agua, monsieur Parazard —respondió Banks—. Por desgracia en parte y por fortuna por otro lado, los elefantes no nos han seguido por el lago, y temo que tengamos que renunciar, a lo menos por algún tiempo, a la sopa de pie y al guisado de lengua de ese sabroso, pero temible animal.