La casa de vapor

La casa de vapor

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Estábamos reunidos entonces en el comedor, que, recibiendo la luz por la claraboya superior, no tenía ventanas laterales, y así no podía verse desde fuera el resplandor de las lámparas encendidas en aquella habitación, precaución útil, porque más valía que la situación de la «Casa de Vapor» no pudiese ser conocida de los merodeadores, que quizá rondaban por las orillas del lago.

Kalagani, a lo menos así me pareció, dio muestras de vacilación al responder a las preguntas que le fueron dirigidas. Tratábase de determinar la posición que ocupaba el tren flotante sobre las aguas del Puturia, y convengo en que la respuesta no dejaba de ser difícil. Quizá una débil brisa del noroeste movía la masa del tren y quizá también una ligera corriente nos arrastraba hacia la punta inferior del lago.

—Vamos, Kalagani —dijo Banks, insistiendo—, ¿conoce usted bien la extensión del Puturia?

—Sí, señor —respondió el indio—; pero es difícil, en medio de esa niebla…

—¿Puede usted calcular aproximadamente la distancia a que estamos ahora de la orilla más cercana?

—Sí, señor —dijo el indio, después de haber reflexionado por algún tiempo—. No podemos estar a más de milla y media.

—¿Hacia el este? —preguntó Banks.

—Sí, señor, hacia el este.


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