La casa de vapor

La casa de vapor

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Esto, como había dicho Banks, era una complicación que también debíamos tener en cuenta.

Según sus pronósticos, hacia las siete y media se oyeron los últimos gemidos del Gigante de Acero; los golpes del pistón fueron siendo cada vez menos rápidos; las palas articuladas cesaron de batir el agua, la presión descendió a menos de una atmósfera y no había combustible ni medio de obtenerlo.

El Gigante de Acero y el único carruaje que remolcaba flotaron entonces pacíficamente sobre las aguas del lago, sin moverse.

En estas condiciones y rodeados de niebla, hubiera sido difícil fijar exactamente nuestra situación. Durante el corto tiempo en que la máquina había funcionado, el tren se había dirigido hacia la orilla sureste del lago, para buscar un punto de desembarque. Ahora bien, como el Puturia tiene la forma de un óvalo bastante prolongado, era posible que la «Casa de Vapor» no estuviese distante de una u otra de sus orillas.

Los gritos de los elefantes que nos habían perseguido durante una hora, se habían extinguido en lontananza y no se oían ya. Hablando, pues, de lo que podría sucedemos en aquella nueva situación, Banks hizo llamar a Kalagani para consultarle.

El indio acudió inmediatamente y fue invitado a dar su parecer.


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