La casa de vapor
La casa de vapor —Kalagani la calcula en siete u ocho millas. Ahora bien, en las condiciones en que nos encontramos serÃan necesarias algunas horas para llegar allá, y repito que antes de cuarenta minutos la máquina no podrá ya funcionar.
—Pues bien —respondió sir Edward Munro—, pasemos tranquilamente la noche en el lago. Aquà estamos seguros, y mañana veremos lo que se ha de hacer.
Era el mejor partido que podÃa seguirse; además, tenÃamos gran necesidad de reposo, porque en la última parada, rodeados como estábamos de un cÃrculo de elefantes, nadie habÃa podido dormir y habÃamos pasado la noche en vela.
Hacia las siete de la tarde comenzó a levantarse sobre el lago una ligera niebla. Ya hemos dicho que corrÃan fuertes brumas por las altas zonas del cielo durante la noche precedente; pero en esta se habÃa producido una modificación debido a las diferencias de altitud.
Si en el campamento de los elefantes los vapores se habÃan mantenido a varios centenares de pies sobre el suelo, no sucedió lo mismo en la superficie del lago Puturia, a causa de la evaporación de las aguas. Después de un dÃa bastante claro, hubo confusión entre las capas altas y bajas de la atmósfera y no tardó en desaparecer de nuestra vista todo el lago, cubierto por un velo de niebla, poco denso al principio, pero que se fue espesando por instantes.