La casa de vapor
La casa de vapor En efecto, a todas las complicaciones venÃa a agregarse otra, no menos seria. Banks nos participó que, en aquel momento, lo más sensible no era ni la falta de vÃveres ni la de municiones, sino la falta de combustible, lo cual no era de admirar, porque durante las últimas cuarenta y ocho horas no habÃa sido posible renovar la provisión de leña necesaria para alimentar la máquina. Toda la reserva se habÃa consumido a nuestra llegada al lago, y si hubiéramos tenido que hacer todavÃa una hora de camino, habrÃa sido imposible llegar a la orilla, y el primer carruaje de la «Casa de Vapor» habrÃa sufrido la suerte del segundo.
—Ahora —añadió Banks— no tenemos ya nada que quemar, la presión baja y ha descendido ya hasta dos atmósferas, sin que haya medio de aumentarla.
—¿Es la situación tan grave como tú crees? —preguntó el coronel Munro.
—Si no se tratara más que de volver a la orilla de la cual acabamos de separarnos —contestó Banks—, la cosa serÃa fácil, porque no tardarÃamos un cuarto de hora en llegar; pero serÃa imprudente adoptar este partido porque los elefantes están todavÃa, sin duda alguna, reunidos en gran número. Por el contrario, es preciso atravesar el lago y buscar en la orilla meridional un punto de desembarco.
—¿Cuál puede ser la anchura del lago en ese paraje? —inquirió el coronel Munro.