La casa de vapor

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De improviso, hacia las cuatro de la mañana cesaron bruscamente los gritos de las fieras. Lo que nos chocó a todos fue que, al parecer, no se habían alejado poco a poco, unas tras otras, dando una última lengüetada sobre el agua, sino que su alejamiento había sido instantáneo, como si una circunstancia fortuita hubiera venido a perturbarles en su operación de beber y les hubiera hecho emprender la fuga. Evidentemente, habían vuelto a sus cuevas, no como animales que regresan pacíficamente, sino como animales que buscan en ellas un refugio.

El silencio había sucedido al ruido sin transición; y aquel silencio tenía una causa que no comprendíamos, pero que no dejó de aumentar nuestra inquietud. Por prudencia, Banks dio la orden de apagar los fanales. Si las fieras habían huido delante de las bandas de merodeadores que frecuentan el Bundelkund y los Vindya, era preciso ocultar cuidadosamente la situación de la «Casa de Vapor».

No rompía el silencio ya ni siquiera el más ligero ruido del agua; la brisa había cesado y era imposible saber si el tren continuaba derivando bajo el influjo de alguna corriente. Pero el día no podía tardar en aparecer y en barrer todas las brumas, que no ocupaban más que las capas bajas de la atmósfera.


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