La casa de vapor
La casa de vapor Consulté mi reloj: eran las cinco; sin la niebla ya se habría mostrado el alba, aumentando el círculo de nuestra visión en algunas millas, y habríamos podido ver la orilla. Pero el velo de niebla no se rasgaba, y era preciso esperar aún.
El coronel Munro, MacNeil y yo, en la parte anterior del salón; Fox, Kaluth y monsieur Parazard, en el comedor; Banks y Storr, en la torrecilla, y el capitán Hod sobre el lomo del gigantesco animal, cerca de la trompa, como un marinero de guardia en la proa de un buque, esperábamos que alguno gritase: ¡Tierra!
Hacia las seis se levantó una pequeña brisa apenas sensible, pero que aumentó en breve; los primeros rayos del sol penetraron la bruma y el horizonte se descubrió a nuestras miradas.
La orilla apareció hacia el sureste formando el extremo del lago una especie de ensenada aguda, bastante cubierta de bosque en su segundo término. Los vapores subieron poco a poco y dejaron ver un fondo de montañas, cuyas cimas se destacaron rápidamente.
—¡Tierra! —gritó el capitán Hod.
El tren flotante no estaba entonces a más de doscientos metros del abra del Puturia y derivaba al impulso de la brisa que soplaba del noroeste.