La casa de vapor

La casa de vapor

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¿Ante qué enemigos iba a encontrarse el coronel Munro? No debía tardar en saberlo.

Un grupo de indios ocupaba a la sazón el edificio arruinado que se levantaba en el fondo de la explanada. Aquel grupo se abrió mientras la banda de dacoits se colocaba en círculo alrededor del parapeto.

El coronel Munro ocupaba el centro de aquel círculo y esperaba con los brazos cruzados.

Kalagani salió de las filas y dio algunos pasos hacia el grupo, a cuya cabeza estaba un indio sencillamente vestido.

Kalagani se detuvo delante de él e hizo una reverencia; el indio le tendió la mano y Kalagani la besó respetuosamente. El indio, después, le hizo una señal con la cabeza para manifestarle que estaba satisfecho de sus servicios.

Después, el mismo indio se adelantó hacia el prisionero lentamente, pero animados sus ojos de un resplandor notable, con todos los síntomas de una cólera apenas contenida. Parecía una fiera marchando hacia su presa.

El coronel Munro le dejó acercarse sin retroceder un paso, mirándole con tanta fijeza como él mismo era mirado.

Cuando el indio estuvo a cinco pasos, el coronel dijo en tono del más profundo desprecio:

—Eres Balao-Rao, el hermano del nabab.


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