La casa de vapor

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Kalagani, Nassim, los indios y los dacoits, más de cien hombres, en suma, estaban prontos a lanzarse en persecución del prisionero, pero un pensamiento les detenía todavía, y es que ignoraban absolutamente cuanto había pasado. El cadáver del indio que había sido puesto de centinela no podía servirles de indicio. Según todas las probabilidades, debían creer que, por cualquier circunstancia fortuita, se había prendido fuego al cañón antes de la hora fijada para el suplicio, y que del prisionero no quedaban ya más que restos informes.

El furor de Kalagani y de los demás se manifestó por un coro de maldiciones. Ni Nana Sahib, ni ninguno de ellos, habían tenido el placer de asistir a los últimos momentos del coronel.

Pero el nabab no estaba lejos. Había debido de oír la detonación, y sin duda iba a volver a toda prisa a la fortaleza. ¿Qué le responderían cuando les pidiera cuenta del prisionero que en ella había dejado?

De aquí la vacilación en todos, que dio a los fugitivos tiempo de tomar alguna delantera antes de ser vistos.

Sir Edward Munro y Gumí, llenos de esperanza después de aquella milagrosa evasión, bajaban rápidamente el sinuoso sendero. Lady Munro, aunque desmayada, no pesaba nada para los brazos vigorosos del coronel, y, por otra parte, su servidor estaba allí para ayudarle.


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