La casa de vapor

La casa de vapor

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Cinco minutos después de haber pasado la poterna, estaban a la mitad del camino entre la meseta y el valle. Pero comenzaba a amanecer y los primeros albores del día penetraban ya hasta el fondo de la estrecha garganta.

Violentos gritos estallaron entonces sobre sus cabezas.

Kalagani, inclinado sobre el parapeto, acababa de ver el vago perfil de dos hombres que huían. Uno de ellos no podía menos de ser el prisionero de Nana Sahib.

—¡Munro, es Munro! —gritó Kalagani, ciego de cólera.

Y, pasando la poterna, se lanzó en persecución del coronel seguido de toda su tropa.

—¡Nos han visto! —dijo el coronel sin detener el paso.

—Yo contendré a los primeros —respondió Gumí—. Me matarán, pero usted tendrá tiempo quizá de llegar a la carretera.

—¡Nos matarán a los dos, o huiremos juntos! —exclamó Munro.

Apresuraron la marcha. Al llegar a la parte inferior del sendero, ya menos áspero, podían correr, y no les faltaban más que cuarenta pasos para llegar al camino de Ripore, que terminaba en la carretera de Yubbulpore, por el cual la fuga les habría sido mucho más fácil.


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